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one shot: EL CONCIERTO

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one shot: EL CONCIERTO

Mensaje por LORENA HIDALGO el Sáb Mar 30, 2013 9:44 pm

Nombre del Fic: "EL CONCIERTO"

Nombre de la autora: NUNA DE BOMBASOJU

Tipo o genero: hetero

Duracion: one shot

Advertencia: ninguna (posibles derrames nasales xd)

Personajes: OPPA BIAS X READER

Otros: primero que todo agradecerle a nuna que me dejo publicar su fic aqui asi que todos los creditos van para ella...

Había mucha gente. No era de extrañar, hacía tiempo que el grupo no lanzaba un álbum nuevo y las fans estaban ávidas de ellos.

La organización era perfecta. Nada más llegar, en el gran espacio abierto que había delante del edificio de conciertos, los miembros de seguridad las habían ido organizando en distintas filas según las puertas por las que tuvieran que entrar para acceder a los lugares que figuraban en sus entradas. Y en cada una de las filas, también había un orden.

Se maravilló al comprobar de nuevo la eficiencia de aquellas personas para organizar actos así. Todo el mundo iba a entrar encaminándose directamente al su sitio exacto.

El lugar no era demasiado grande. Se componía del escenario, delante del cual había un pequeño foro en el que no había aglomeración, de algunas gradas tras él, y luego las gradas de los pisos superiores.

Calculó que cabrían unas tres mil personas.

Había sido difícil conseguir las entradas. Un showcase de aquel grupo, con un aforo tan limitado, se podía llenar sólo con la afluencia de las fans oficiales, e incluso faltaría espacio. Pero habían tenido suerte, y gracias a algunos contactos se hicieron finalmente con las entradas del foso, en el cuál ahora mismo se encontraban, nerviosas, esperando que empezara la actuación.

Faltaban todavía algunos minutos.

Miró hacia su espalda. Había bastante espacio para moverse, era cómodo estar allí, y la seguridad estaba por todas partes. Miró la hora. Todavía tenía tiempo para ir al servicio antes de que empezara el concierto, pero se preguntó si podría volver una vez que saliera del recinto.

Se acercó al guardia de seguridad que controlaba la puerta. Torpemente, en inglés, le explicó lo que pretendía. El hombre, con cara de pocos amigos perpetua, pareció entenderla, y asintió con la cabeza, apartándose para dejarla salir.

Mientras miraba a ambos lados del amplio pasillo, intentando encontrar su camino o un cartel indicativo, sonrió pensando en cómo podían ser tan amables cuando les encontrabas por la calle, y tan serios cuando estaban inmiscuidos en su trabajo. El hombre de seguridad quizás habría sido uno de los que se les hubiera acercado a preguntarles de dónde eran si las viera por la calle, pero allí dentro, en un concierto así, tratando de controlar a miles de fans enfervorecidas, no había lugar para la simpatía.

Ampliando su sonrisa, giró hacia la derecha, sin saber muy bien a dónde se dirigía y buscando alguna indicación a medida que avanzaba. Se cruzó con una chica que llevaba un peto y una tarjeta colgando del cuello. Trató de preguntarle, pero no la entendió. Sin embargo, tampoco la detuvo, ni la obligó a volverse por donde había venido.

La chica simplemente volvió a lo suyo avanzando por el pasillo con prisa, mientras el estruendo de las fans coreando una canción en el interior de la sala llegaba a sus oídos. Si no se daba prisa, se perdería el comienzo.

Apreto el paso. Llegó a una zona desierta con pasillos más estrechos. ¿Pero dónde narices estaban los servicios?

Mientras avanzaba, ya sabía que había equivocado el camino. Incluso la iluminación era más tenue. Estaba a punto de dar media vuelta, cuando oyó ruido a su espalda.

Un grupo de gente se acercaba a toda prisa hacia ella. Eran unas quince personas, la primera de las cuales la miró con sorpresa al verla allí, pero siguió adelante una vez que ella se apretó contra la pared para darles paso. Un desfile de personas corrió delante de ella. Algunos imitaron al primero, mirándola con curiosidad, pero ninguno le dijo nada, tenían su atención centrada en algunos hombres que venían con gorras y mascarillas en medio de todo el grupo, y que ni la vieron al pasar rápidamente por delante de ella.

A medida que se alejaban, supo lo que ocurría. Eran ellos y acababan de llegar. Sin duda, estaba cerca de los camerinos. El grupo acababa de pasar delante de ella y ni siquiera había reaccionado. ¡Los había tenido delante!

Su lado racional corrió a ayudarla. Si la encontraban allí, podrían incluso creer que se trataba de una acosadora. ¡Podrían echarla! Y se perdería el concierto. Tenía que alejarse de allí cuanto antes.

Se dio la vuelta y casi corrió justo en la dirección contraria por la que ellos habían desaparecido, todavía mirando atrás, asustada ante la posibilidad de que alguno de ellos volviera para preguntarle qué demonios hacía allí.

Su rápida huída se vio interrumpida cuando chocó contra algo y de repente se vio en el suelo. Aturdida, se sentó en el piso frío y vio unas botas delante de ella, que continuaban en unas piernas enfundadas en unos pantalones de cuero negro.

Mier*a, la habían pillado al fin.

Siguió levantando la vista, pensando en cómo explicaría convincentemente que no era una stalker, sino que se había perdido buscando el camino de los servicios, cuando se encontró con un tórax masculino.

Era un hombre, y llevaba una camiseta negra de tirantes ajustada. Pudo ver unos fuertes brazos, unos anchos hombros, un cuello ancho… y luego nada. Sólo un par de ojos que la miraban con curiosidad, en un rostro que se ocultaba tras una mascarilla y bajo una gorra negras.

Sin saber por qué, se quedó mirando embobada a aquel par de ojos rasgados. Él se agachó a su lado y le habló, diciéndole una de las pocas frases que conocía en el idioma.

“¿Estás bien?”

Asintió nerviosamente, por lo menos el tipo no estaba enfadado por verla allí. Luego le dijo algo más que ella no entendió. Él volvió a mirarla con curiosidad.

Intentó explicarse torpemente en inglés, mientras veía cómo el hombre la estudiaba atentamente. Si entendió todo lo que le dijo, nunca lo supo, el caso es que después de observarla con aquellos ojos, como si esperara otro tipo de reacción por su parte, le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

Ella estiró su mano, y al contacto con la del hombre, saltó una chispa. Una chispa de esas tan molestas, que te pueden hasta doler, y que dicen que aparecen cuando vas cargada de energía y tocas algún conductor de la misma. Pero esta vez fue distinto. No hubo dolor, sino una corriente de energía que surgió de sus dedos y le llegó hasta el hombro… y no había sido desagradable.

Los dos retiraron sus manos y se miraron sorprendidos.

Ella recurrió a su grupo de frases conocidas y pidió disculpas al mismo tiempo que se levantaba y hacía varias reverencias.

El desconocido se rió. Era una risa suave y divertida.

De repente miró hacia el fondo del pasillo, pareció recordar algo, y le dijo algunas frases más. Ella sacudió la cabeza con impotencia. No le entendía.

Con un gesto de la mano, le indicó que le siguiera.

Rezando por que fuera alguien de la organización, y que no pretendiera echarla, hizo lo que él le pidió.

Avanzaron justamente en la dirección que ella no quería ir, es decir, tras el grupo que había pasado con prisas unos instantes antes.

Alguien salió a su encuentro por el pasillo, y al verles, gritó algo con urgencia. El hombre casi corrió en respuesta, miró hacia atrás, para ver si ella seguía allí, la agarró del brazo para que corriera más, y siguió en su avance.

Torcieron y siguieron por un pasillo donde había más gente, que se agolpó alrededor de ellos, o más concretamente alrededor de él, mientras algunos imcluso la empujaban.

Él llamó a alguien, dió unas órdenes. Entonces un hombre le tocó el hombro y la sacó de allí. La llevó hasta unos servicios que había un poco más adelante y ella entró.

J*der, ¿dónde se había metido y qué estaba pasando?

Sin saber por qué sentimiento de urgencia, estaba meando a toda paleta, se miró al espejo del servicio, se atusó un poco el pelo, y luego salió al exterior, donde el segundo hombre todavía la esperaba allí.

“Ahora es cuando me mandan a la calle”, pensó.

Pero no. Anduvo detrás de él con la cabeza baja, intentando poner cara de buena, hasta que atravesaron una puerta y vio que estaba en un lateral de la sala de conciertos de la que había salido minutos antes.

El hombre le hizo una pregunta, y más por instinto que por haberle entendido, ella sacó su entrada y se la mostró. Él la observó y asintió, estirando después el brazo para invitarla a avanzar después de devolvérsela.

Avanzó entre la gente hasta llegar donde estaban las demás. Le preguntaron dónde había estado, y ella respondió que se lo contaría más tarde. Al fin y al cabo, ni ella misma lo sabía, aunque se estaba empezando a hacer una idea muy clara en aquel mismo instante: había estado entre bastidores, seguramente en los mismos camerinos donde el grupo acababa de llegar a última hora y se preparaba para salir a escena. Increíble.

Sintió que alguien tocaba su hombro y se dio la vuelta, para ver de nuevo al hombre que la había traído de vuelta al recinto. El hombre las contó señalándolas con el dedo, y volvió a hacer señas para que lo siguieran.

“¿Quién es ese? ¿Qué quiere?”, oyó que le preguntaba una de sus amigas.

“Seguidle, creo que es de la organización, me lo encontré afuera”, respondió ella.

Desandaron el camino que habían hecho segundos antes y volvieron a los pasillos. Andaron algunos metros hasta que las hizo pasar por una puerta.

“Espero que no sea la de salida”, pensó ella, algo asustada.

Pero no lo era. Estaban en una especie de palco, en uno de los laterales del escenario, amplio pero íntimo. Y muy cerca de donde en breves minutos actuaría el grupo. ¡Por dios, si se acercaban hasta podrían tocarles!

Dentro había algunas personas que las miraron con extrañeza. Las extranjeras siempre daban el cante, y debieron verse sorpendidos al verlas allí. El hombre intercambió algunas palabras con aquellas personas y se marchó. De hecho todos se marcharon y las dejaron solas.

“¿Qué co*o está pasando? ¿Qué has hecho y por qué estamos aquí?”, le preguntaron sus amigas.

“Creo que afuera he chocado con alguien de la organización, y creo que acabamos de encontrar asientos privilegiados”, respondió, todavía sin creérlo.

“Jod*r, recuérdame que nunca vaya a un concierto sin ti”, dijo una de ellas riendo.

Estaban saltando cuando las luces se apagaron y en la televisión gigante que había de fondo en el escenario, comenzó a proyectarse un montaje del grupo. Era la introducción. El concierto estaba a punto de empezar.

Miró a la pantalla mientras todavía encajaba lo que acababa de pasarles. Ese concierto sería inolvidable.

***

Las maquilladoras y peluqueras le estaban dando los últimos toques, y las estilistas mirando su atuendo y terminando de arreglar algunas cosas. Se había cambiado rápidamente en la van, como sus compañeros, y ahora agradecía haberlo hecho. De no ser así, se habrían retrasado. El mánager andaba histérico porque casi no llegan a tiempo. Gritaba que alguien debía responder por programarles las actividades con tan poco margen entre ellas, y estaba muy enfadado.

Cerró los ojos y respiró hondo. Histerismo era lo último que necesitaba antes de salir a escena. Ya se ponía bastante nervioso de por sí. Los gritos de las fans se le metieron por los pabellones auditivos y estimularon algo en su cerebro. Para eso estaba allí, para salir delante de ellas y alimentarse de sus aplausos, de sus gritos, de sus caras sonrientes, de la música.

De repente recordó el encuentro que había tenido en el pasillo. Aquella extranjera estaba allí para ver el concierto. Y ni siquiera le había reconocido. Llevaba la cara tapada, pero aún así, debió haber sabido quién era él, y sin embargo no lo hizo. ¿Sería alguna de aquellas turistas que de vez en cuando llegaban arrastradas por el fenómeno pop de su país, y que había ido a ese concierto sólo por ir? Sacudió levemente la cabeza. Era difícil conseguir entradas para un espectáculo como aquel si no se estaba en el club de fans oficial, y si se estaba, también era difícil…

Pero no le había reconocido. Estaba harto de salir a la calle todavía más camuflado que con una gorra y una mascarilla, y sus fans le habían reconocido sólo con mirarle a los ojos. Pero esa chica le había mirado y se había quedado igual. Ninguna reacción histérica, no se había muerto de la vergüenza, ni le había dado un ataque, ni nada. Cero.

Era raro, a no ser que…

Claro, podría ser que fuera fan de alguno de sus compañeros y que simplemente no se viera afectada por toparse con él. Al fin y al cabo no no era el miembro más popular…

Ella tenía que ser fan de alguien… alguien que no era él, claro.

Frunció el ceño al ver que ese pensamiento le fastidiaba. No era la primera vez que se encontraba con algo así. Muchas de las niñas que le machacaban su cuenta de twitter llevaban avatares con los rostros de sus compañeros. Aquello era así.

Ahora sólo tenía que salir al escenario, dar lo mejor de sí mismo, y esperar que esa chica y sus acompañantes (o acompañante) disfrutaran de su maldito concierto.

***

Cuando el grupo hizo aparición en escena, el estruendo que hizo el público fue abrumador.

Entraron uno tras otro, y ellas comenzaron a saltar instintivamente, en respuesta a la excitación del momento.

Se asomó para verles mejor, aunque en realidad no hacía falta, no estaban a más de tres o cuatro metros de ella. Eyeliner, ropa negra…

Se fijó en uno de ellos… botas negras, pantalones de cuero, camiseta de tirantes. Esos brazos fuertes, el cuello ancho, sus ojos marrones que miraban sonrientes hacia el público.

“Dios mío”, balbuceó.

Su murmullo fue tan bajo que ni ella misma se escuchó.

“He chocado con él, era él, dios mío”…

Era él, sí. Su bias.

Cuando superó el temblor de piernas que amenazó con tirarla al suelo, se preguntó cómo demonios no le había reconocido. Estaba allí por él, j*der. No se le daba un ardite el resto del grupo, aunque cantaran como los ángeles, puesto que habría disfrutado mil veces de un solo suyo, que de toda la discografía con el grupo entero.

Había chocado con él. HABÍA HABLADO CON ÉL, MALDITA SEA. Y no se había dado cuenta. Estaba tan asustada por el hecho de que la echaran que no le había reconocido.

En ese momento, se sintió el ser más gilip*llas del mundo.

Aunque en medio de la confusión, y mientras ellos comenzaban a cantar la primera canción, se dio cuenta de algo. Si estaban allí, viéndoles a tan escasa distancia, era por él. Él había pedido que las llevaran allí.

“Jo*er, lo adoro”, pensó.

Al cabo de un rato, se encontró disfrutando del concierto como nunca. Sin embargo, y pese a que ella sabía que él sabía que estaban allí, ni siquiera echó una ojeada hacia el palco.

“Vale, nos ha hecho el favor y punto, ¿qué más querías?”, se dijo, frustrada, mientras se lo comía con los ojos.

No era el más guapo. De hecho, ni siquiera era guapo, o por lo menos eran muchas las que así lo creían. Pero ella no era así. Al principio pensaba igual, pero después de enamorarse perdidamente de su voz, de esa sonrisa, incluso de esos músculos que exhibía en las revistas, entendió que el pack completo era uno de los más apetecibles del extenso mercado.

Vale, había más gente a la que seguir, más grupos que le gustaban, más chicos muchísimo más guapos que él… pero escucharle cantar, la transportaba a un nivel que los otros no conseguían, y observar un reportaje fotográfico suyo la hacía necesitar una ducha fría tras otra.

Era un hecho, ese hombre, por todas sus cualidades, y por la pinta ruda que emanaba de sus facciones, la volvía total y absolutamente loca a un nivel bastante primitivo.

Y había chocado con él, le había tocado.

J*DER, LE HABÍA TOCADO.

Casi le da un infarto al pensarlo.

Dejó de pensar en cuánto la ponía y se centró en lo que ocurría en el escenario. Ahí abajo él estaba cantando y ella, aturdida y centrada en sus pensamientos, se lo estaba perdiendo.

Le escuchó con una sonrisa en la boca, esperando que levantara su mirada y las viera allí, justo donde él había querido que estuvieran.

Pero no. No dirigió su vista hacia ellas en ningún momento. Algo que la defraudó totalmente, porque volvió a abrir una brecha tras el pequeño acercamiento que supuso su encuentro en el pasillo.

“No sé qué mier*a esperaba”, se dijo. “Es lo de siempre, le habrá hecho gracia tener fans extranjeras y nos ha hecho el favor. Esto ya es bastante. ¿Por qué me siento defraudada? Voy a ver el concierto, a disfrutar, y punto”.

***

Pues sí. Allí estaba la chica. Con sus amigas. Había evitado deliberadamente mirar hacia el palco, aunque le habría gustado ver su reacción al reconocerle, si es que finalmente lo había hecho, pero su orgullo no le había dejado.

Si ella sabía con quién había tropezado en el corredor, ahora estaría alucinando, por lo que esperaría que él reparara en ella de nuevo. Si no lo había reconocido… sería estúpido estudiar su mejor sonrisa y enviársela cuando ella no iba a saber por qué, o simplemente esperaba la de alguno de sus compañeros.

Era mejor así.

Sin embargo, sí que había mirado… indirectamente, fugazmente. En uno de los giros de la coreografía, reparó en que estaba, y con varias chicas, y esto le hizo sonreír estúpidamente.

“Ahora me he vuelto vanidoso… “ pensó.

No acertó a ver su expresión, pero reconoció los colores de su ropa. Le pareció que estaba bailando la balada agarrada a sus compañeras… y también le pareció que estaba cantando.

Si sabía las canciones, entonces sí era una fan.

Volvió a sonreír, pensando divertido en lo confusa que se sentiría en aquel instante… si le había reconocido, claro.

No volvió a pensar en ello durante todo el concierto. Los demás miembros habían cruzado con él miradas interrogantes al ver el palco para el staff lleno de extranjeras, ya que le habían escuchado hablar de ello con uno de sus mánagers, pero él les devolvió una sonrisa misteriosa y les indicó con gestos que se lo explicaría más tarde.

Siguió cantando y dando lo mejor de sí, porque para eso había ido allí, no para tratar de impresionar a extranjeras que se aparecen corriendo por los pasillos.

***

Lo malo de un showcase es que es corto. Vale, no tienes que estar compartiendo espacio con decenas de miles de personas, y es mucho más íntimo que un macroconcierto, pero es más corto. Fastidiosamente más corto.

Había llegado el momento del encore, y él no le había hecho ni puñetero caso.

Las luces estaban apagadas, el grupo se había retirado del escenario, y el público estaba haciendo el conocido paripé de pedir la última canción, o las últimas, que algunos grupos se estiraban y hacían encores de 20 minutos…

En un showcase no era lo típico, pero quién sabe. Pensándolo, había un par de canciones que no habían cantado. Vale que casi todas habían sido las del nuevo álbum que estaban promocionando, pero hasta un showcase daba para algo más, y ella estaba esperando una en concreto, una que sonaba de maravilla en sus directos, y una que le hacía especial ilusión ver finalmente in situ, y no frente a la pantalla del ordenador.

Se podía decir que había ido allí para escuchar esa canción.

Bueno, se podía decir que había ido allí para escucharle a ÉL cantar esa canción… con el resto. Si finalmente no la interpretaban en el encore… vaya chasco. Pero no podía quejarse. Si pensaba en lo que le había ocurrido, podía hacerse una idea meridianamente clara del número de fans que habrían querido estar en su lugar. Era fácil: TODAS.

Pero si lo pensaba otra vez, podía hacerse una idea todavía más clara de lo idiota que había sido, y de la oportunidad que había desaprovechado aquella noche. Qué se podía esperar del ser más gilipoll*s del mundo…

De repente, en la oscuridad, vio movimiento en el escenario. Ellos estaban volviendo, y el público también se dio cuenta, porque las niñas empezaron a gritar como descosidas. Maldita sea, le atronaban los oídos.

Sus amigas estaban gritando también. Qué diablos… gritó con ellas.

Y entonces, se hizo la luz en el escenario, y parcialmente en el resto del recinto. Y ahí estaban ellos, sonrientes, con sus micrófonos en la mano, relucientes en sus trajes blancos. Y él… con sus gafas de pasta, preparado para dar el último regalo con su voz.

Casi se le salen los ojos de las órbitas. El blanco le sentaba de maravilla.

Sonaron los primeros acordes de la canción, y sí, era SU canción. La canción que estaba esperando. La que conseguía que se le erizara el pelo cada vez que él hacía sus partes, y que se derritiera cual taco de mantequilla en el desierto, cuando él cantaba los agudos.

La disfrutó como nunca. Estaba en un puñetero palco, por deseo de su bias, que no le hacía ni puñetero caso, pero qué importaba eso si ahora estaba transportada a un plano superior de existencia. ¡A disfrutar!

Y cantó. Cantó como si le fuera la vida en ello. Sin darse cuenta, tal y como hacía en casa, se desgañitó cantando sus partes… era las únicas que se sabía. Y cuando llegó el momento culminante, aquel en el que él subía el tono en aquel agudo bestial, en el que no pudo acompañarle por su registro mucho más limitado, y sustituyó por un grito admirando su voz, él la miró, directamente, a los ojos… J*DER. Se calló en seco. Casi se muere mejor dicho. Duró un segundo, quizás menos, pero él la miró, con ojos curiosos, y luego siguió como antes, a lo suyo. Terminó la canción suavemente, y otra vez el público se volvió loco.

***

Había aguantado todo el concierto y tenía que fastidiarla al final. Durante la última canción, y por encima del público, había escuchado una vocecilla que surgía cuando él cantaba, que entonaba sus frases y luego callaba cuando cantaban los demás. Al final, en el punto álgido de la canción, que él interpretaba, la escucho forzar, no llegar, y lanzar un “WOOOOOOOOOOOOOOWWW”, seguido de palabras atropelladas en una lengua que desconocía, pero cuyo tono no engañaba, y entonces no pudo evitarlo, y miró en dirección a esa voz.

Y vio que era ella.

Mientras terminaba la canción, se apagaban de nuevo las luces, y el público estallaba en aplausos y gritos, pensó que, finalmente, ella sí era una fan. Y por lo que había escuchado, era SU fan, o por lo menos era SU fan en esa canción.

Sonrió interiormente y bajó la cabeza mientras acompañaba a sus compañeros y dejaba el escenario. ¿Por qué estaba tan contento?

***

Las luces se habían encendido totalmente. El concierto había terminado. Pero ella seguía allí, en la misma posición, agarrada al borde del palco, con las uñas amenazando con dejar marca en la madera. No había logrado moverse desde aquel contacto visual. Había sido TREMENDO, devastador.

Reaccionó cuando sus amigas la llamaron.

“¿Nos vamos o qué?” dijo una de ellas. “Todavía nos tienes que contar por qué hemos acabado aquí”.

“Vamos fuera”, dijo, en un murmullo. “Necesito aire, por dios”.

Las siguió y salió la última, y por eso fue la última en darse cuenta que al atravesar la puerta, las esperaba el mismo hombre que las había llevado hasta allí.

Comenzó a hablarles, bueno, comenzó a hablar con ella, y al no entender nada, maldijo desde lo más profundo de sus entrañas a la barrera del lenguaje. Afortunadamente, el gesto de “sígueme” es universal, al margen de que lo había visto varias veces ya aquella noche, así que se vio siguiendo de nuevo al tipo, mientras en el pasillo comenzaban a aparecer otras personas, miembros del staff seguramente, que las miraban con curiosidad.

Las hicieron pasar a una sala medianamente amplia, donde había mesas dispuestas con comida. Se acercaron y comprobaron que los alimentos estaban perfectamente empaquetados, y que cada uno de ellos llevaba la foto del grupo. Era el típico regalo que solían hacer las fans a los grupos cuando tenían un evento, o a los actores en los rodajes. Se miraron nerviosas, sabían que estaban compartiendo espacio con el personal de la agencia del grupo. Aquello no podía ser más inaudito.

Y la comida tenía una pinta estupenda.

Imitaron a las personas que comenzaron a llegar allí. Como siempre que comían en público, los curiosos se dedicaban a observarlas de soslayo para ver cómo se las arreglaban con los palillos, luego se sorprendían al ver que sabían manejarlos, y al final perdían interés en ello. Nadie hablaba con ellas, pero sabían que sentían curiosidad por saber qué hacían allí. Ellos siempre sentían curiosidad por saberlo, eso no era nuevo.

Pero eran discretos, o tímidos, o no querían molestarlas, y no se atrevían a acercárseles… por el momento.

Pasaron un rato allí, sintiéndose extrañas y algo fuera de lugar, cuando la aparición del grupo las hizo olvidarse de cualquier mínimo atisbo de incomodidad. Realmente, allí sólo ella y otra del grupo de amigas eran fans, pero tener a un idol cerca no era moco de pavo para ninguna. Resultaba una experiencia impresionante.

Sin embargo, ella sólo tuvo ojos para él. Entró con los demás, saludando con reverencias y estrechando manos, sin duda felicitándose mutuamente con todos por el trabajo realizado. Se había cambiado. Llevaba vaqueros azules y una camiseta de tirantes blanca ajustada.

Maldijo las camisetas de tirantes blancas. Eran una tentación si abrazaban tórax como el suyo. Parpadeó. Definitivamente, esta vez sí se le iban a salir los ojos de las órbitas, y quería retenerlos en ellas como fuera para poder seguir mirándole.

Allí, con ella entreabriendo la boca por la sorpresa, tuvo lugar el segundo contacto visual. Él la miró y sonrió levemente. Acertó a responderle con una leve inclinación de cabeza, y antes de que él volviera siquiera la vista y se perdiera de nuevo entre la gente, sus amigas ya le estaban preguntando qué narices pasaba allí, y por qué su bias, el tío con el que había estado dando el c*ñazo todo el día, acababa de saludarla.

Explicó como pudo lo que había sucedido en el pasillo justo antes del concierto, entre gritos de sorpresa y exclamaciones de asombro.

Ni siquiera pensó en la posibilidad de acercársele, aún cuando ahora todas la estaban animando a que lo hiciera. Tenía miedo de que él la rechazara o la tratara fríamente. Al fin y al cabo, sólo era una fan más. Algo en ella, probablemente el hecho de que fuera extranjera, algo que siempre les asombraba, había hecho que él tuviera un cierto grado de deferencia, pero de ahí a intentar hablar con él o algo parecido iba un abismo.

Él seguía caminando entre la gente, recibiendo saludos y felicitaciones. Evitó mirarlo fijamente, o parecería estúpida, pero encendió su radar, y se vió localizándolo en todo momento, y mirándolo de soslayo para ver lo que hacía.

Ahora estaba comiendo junto con el resto del grupo, rodeados de su staff, por supuesto, justo en la mesa al otro lado de la habitación. Todo lo lejos que se podía estar de ella allí dentro, y mucho más cerca de lo que habría imaginado tenerle… ¿por qué no dejaba de sentirse frustrada? Una y otra vez, esa forma de tener el detalle con ellas, pero luego ignorarlas por completo, le causaba una profunda frustración. Era como llegar al punto álgido de un drama, ese en que los protagonistas por fin han confesado sus sentimientos, y encontrarse con que lo zanjan con un beso pared. La analogía era perfecta para explicar cómo se sentía.

Sacudió la cabeza con fastidio y se centró en comer. Muy pronto la cena terminaría, todos se irían, ellas volverían al hotel, y se acabaría la tortura.

El grupo comió con rapidez, y para su total devastación, abandonó la sala. Se habían ido. Él se había ido y ni siquiera le había dedicado un gesto de despedida antes de ello. La última frustración de la noche.

Pero la gente seguía allí. Ahora estaban sacando botellines de soju, y probablemente se quedarían un rato de fiesta.

Además, ya no estaban solas. Y estaban tardando. Algunos chicos se les habían acercado, ya sin poder más con la curiosidad que les provocaba su presencia allí, y habían entablado conversación. Una de las primeras preguntas siempre era de dónde venían. Típico. Y la reacción al contestarla siempre era la misma. Bastante entusiasmo y aceptación.

Pues bien, allí estaban, haciendo migas con el staff de su bias. Algo es algo, ¿no?

De repente, ella sintió que le volvían a tocar el hombro. Por la frecuencia y la suavidad no tuvo que volverse a mirar para saber con claridad de quién se trataba. Síp, era el hombre de siempre. Y le hizo el gesto de siempre.

“Ahora vengo”, les dijo a sus amigas antes de seguirle de nuevo.

Otra vez se vio fuera de la sala caminando por los pasillos. Pero no anduvieron mucho hasta que se detuvieron delante de una puerta. Perdió el aliendo al leer el letrero que había sobre la misma. Sus culturas eran tan diferentes que ni siquiera compartían alfabeto, pero ella lo sabía. Conocía el alfabeto, y conocía de sobra las tres palabras que leyó en la placa. Su nombre.

El tipo tocó a la puerta, y ella escuchó la respuesta que vino de dentro. Entraron. Y allí estaba él.

“Dios mío, voy a morir”, pensó. “No seré capaz de pronunciar ni una sola palabra. Moriré antes. Que alguien me ayude, no lo resistiré”.

Estaba sentado frente al tocador quitándose el maquillaje, y ella maldijo al ver que estaba terminando con los últimos restos de eyeliner en ese momento. Con lo bien que le quedaba…

Él la miró a través del espejo y sonrió, esta vez abiertamente.

Estaba tan alucinada, que sólo se enteró de que el otro hombre se había ido cuando escuchó la puerta y miró hacia ella, viendo cómo se cerraba tras él.

J*DER, estaban solos allí.

Él se levantó por fin, una vez terminó lo que estaba haciendo, y se dio la vuelta, quedando por fin cara a cara. Le temblaron las piernas. Afortunadamente, él le hizo una señal, indicándole que se sentara en el sofá que había a un lado de la habitación.

Lo hizo antes de hacer el ridículo desplomándose por su propia flojera. Dios, lo hizo casi desesperadamente. Pero necesitaba aparentar que no estaba tan afectada por él. Ya fuera orgullo, ya fuera lo que fuera, necesitaba demostrarle que sí, era una fan, pero no era una de esas fans histéricas que gritan y se deshacen delante de su idol. En el fondo, ella no era así, por más que en ese momento sintiera que le iba a explotar el corazón. Había estado en otros conciertos, había incluso estado cerca de otros idols, y siempre había mantenido la compostura. Con él, que despertaba en ella unos instintos bastante animales, no podía ser tan fácil, pero debía conseguirlo.

“¿Fan?”, oyó su voz, y le miró directamente. Iba a hacerlo aunque le costara una vida. Él era sólo una persona, sólo un ser humano, no un dios, tenía que recordar eso.

Asintió. Le estaba preguntando si era una fan, y de hecho lo era. Para demostrarlo, sacó el CD que había comprado en la entrada, y se lo enseñó.

Él sonrió satisfecho. Se acercó, lo tomó de sus manos, y se lo llevó al tocador, donde rebuscó hasta encontrar un rotulador permanente.

“Mier*a, cree que le he pedido un atutógrafo. ¿Es que no me va a salir nada bien hoy?”

“¿Name?”, preguntó él, consciente sin duda de que tendrían que recurrir al inglés para comunicarse. Él hablaba inglés, y ella se defendía con esa lengua. Adiós barrera lingüística. Se sintió muy feliz.

Le dijo su nombre, y él dudó. No sabía cómo escribirlo. Se levantó y se acercó a él. Le pidió el rotulador extendiendo las manos y él se lo dio. Sacó del bolso una pequeña libreta que llevaba a todas partes no sabía ni por qué, pero que le pareció extremadamente útil en ese momento. Arrancó una hoja. Se apoyó en el tocador y escribió su nombre utilizando el alfabeto de él, dando gracias a los cielos por haber aprendido cómo se transcribía hacía mucho tiempo.

Terminó y le tendió el papel. Él lo leyó y volvió a sonreír. Después firmó el CD y se lo devolvió.

“Vale, y después de demostrarte que soy una fan aunque no quería hacerlo así, y de asombrarte con mi escaso conocimiento de tu idioma, a ver ahora qué hago… no quiero irme de aquí. Me quedaría siglos”.

Él se levantó. Joder estaba demasiado cerca. Sintió una oleada extraña recorrer su cuerpo. No era excitación, no era miedo, no era flojera… Podía hasta respirar el perfume que llevaba. Se había duchado antes de la cena. Lo sabía porque todavía tenía el pelo ligeramente húmedo cuando entró en la sala antes, y se había perfumado.

“Hijo de p*ta, quieres matarme”, pensó.

Algo en su expresión debió delatar sus pensamientos, o cuanto menos, demostrar que estaba algo descolocada, porque él borró la sonrisa y la estudió.

“A la mier*a, no voy a quitar la vista”, se dijo.

Se miraron. Otra vez la misma oleada. Su instinto le gritaba que levantara la mano y tocara su pelo, así que apretó los puños y aguantó. Si lo hacía, él la echaría de allí. Ellos eran muy susceptibles con el contacto físico, y les gustaba mantener su espacio vital libre. Aunque claro, dado lo cerca que él estaba, o el espacio vital era muy reducido, o ella ya lo había invadido.

Y ella también notaba que el suyo había desaparecido. Sobre todo porque tenía los ojos de él taladrando los suyos, con una expresión desconcertante.

“¿Quién es tu preferido en el grupo?” preguntó por fin en un inglés perfecto, acabando con la tensa situación.

Esto le dio la oportunidad para romper el contacto visual y rebuscar en su bolso hasta que encontró el móvil. Cuando lo sacó, él dio un paso atrás, y negó con la cabeza.

“No voy a hacer fotos, sólo quiero enseñarte algo”, dijo, mientras desbloqueaba la pantalla y se lo tendía.

Él alargó la mano, inseguro, y lo tomó. Miró la pantalla y sonrió.

Lo que había visto era una foto suya. Ella la llevaba desde hacía algún tiempo. Correspondía a uno de sus vídeos favoritos, y le mostraba serio y pensativo, apoyado en el salpicadero de un coche, con la mirada perdida.

Él lo había visto y había sonreído. Podía morir feliz.

“Es muy fácil decir soy tu fan, pero podría ser mentira” añadió ella. “Es mejor demostrarlo”.

Él volvió a sonreír. Pero ahora fue ella la que sonrió al ver que guardaba el teléfono en uno de los cajones del tocador.

“Luego te lo devolveré”, le dijo.

Hombre precavido…

Al cabo de unos segundos, estaban en el sofá hablando. Él le había preguntado por qué era su favorito, y ella se lo estaba explicando, cuidándose mucho de no alimentar su ego demasiado. Porque tenía una voz estupenda, porque parecía una persona agradable, porque cocinaba bien, porque parecía divertido…

“¿Nada más?” dijo él. Parecía insatisfecho.

“Bueno, puedo decirte que me pareces guapo, atractivo, y todo eso. Puedo explicarte lo que pasa por mi cabeza cuando veo esos reportajes que haces… pero no quería parecer superficial. Estoy hablando con mi bias, debo intentar quedar lo mejor que pueda”.

Escuchó una carjada y lo vió reír con ganas. Hasta su risa era maravillosa.

“Entonces también te gustan”.

“¿El qué?”

“Esos reportajes que hago”.

“Preguntar algo tan obvio debería ser delito”, se quejó ella.

Otra vez su risa.

“¿Tanto te gusto?”

Ella estaba pensando en una respuesta ingeniosa, pero lo miró y se le quedó la mente en blanco. Otro contacto visual directo y tremendo.

De nuevo sintió aquella oleada de calor recorrerla. Era demasiado. Él era demasiado. Lo era en papel impreso, lo era en dos dimensiones en la pantalla de su ordenador… pero en tres dimensiones y a menos de dos metros, era totalmente magnético.

Quiso decirle que se moría por tocarle el pelo, porque era el mismo impulso que estaba tratando de reprimir desde hacía un rato, pero es que ahora a ese impulso se le añadía el deseo de recorrer el borde de su mandíbula, de abarcar sus bíceps en sus manos, y de rozar aquellos labios que sobresalían de su cara, dándole aquel aspecto particular y hasta cierto punto más primitivo.

Pero claro, aquello podía ser demasiado.

Su mirada seguía traspasándola.

“¿Tienes alguna especial aficción por poner a tus fans en situaciones de riesgo cardiovascular?” dijo.

Pero esta vez él no se rió.

“Nunca antes lo había hecho”, contestó.

Parpadeo un par de veces.

“¿Soy una excepción?”, estaba siendo algo atrevida, pero j*der, la situación lo requería.

Él asintió. Seguía mirándola de aquella manera, fijamente.

“¿Y por qué?”

“No sé. Simplemente un impulso”.

“¿Impulso?”, ella rió recordando todos los que estaba intentando rerpimir. “Dios nos libre de dejarnos llevar por los impulsos”.

“¿Y por qué no? Yo lo he hecho, y es divertido. Esta conversación es divertida, esta situación también”.

“Será para ti”

Él se puso serio, miró a su alrededor.

“¿Estás incómoda? ¿Quieres irte?”

“Estoy demasiado cómoda, ese es el problema”.

Otra vez sonrió.

“Pues pareces tensa”, dijo él, señalando con la barbilla sus puños apretados.

“Estoy sola contigo en tu camerino. Con estar en el mismo recinto que tú ya era bastante feliz, hacer un viaje tan largo y por fin poder verte cantando en directo, eso era muy bueno. Pero ahora estoy contigo. Sola. En tu camerino. Hablando contigo. Eso impresiona a cualquiera”.

Él arrugó el ceño.

“Soy una persona normal y corriente”

“Lo sé, pero no es fácil acceder a una persona normal y corriente como tú”.

Pareció más relajado.

“No es cierto, sólo tienes que chocar conmigo en un pasillo cualquiera”, bromeó.

La sonrisa fue amplia, y contagiosa. Se encontró sonriendo como una estúpida.

“Todavía tienes los puños apretados”.

“Estoy intentando mantenerlos a raya”

“¿Por qué? ¿Qué quieren hacer que sea tan grave como para apretarlos así?”

Ella lo miró, seria y largamente, intentando averiguar por su expresión si estaba bromenando, pero ahora no se reía, y la miraba otra vez fija y directamente.

Pensó en ser sincera y simplemente decírselo, pero claro, tampoco quería parecer una buscona cualquiera. Decirle a un tío que quieres tocarle, aunque sea una brizna de cabello, la primera vez que hablas con él no es normal en absoluto.

Sacudió la cabeza y miró a otra parte con frustración.

“Juegas conmigo”, se quejó.

“No lo hago, en serio. ¿Qué quieren hacer tus puños? No me digas que quieres pegarme”.

Lo miró de nuevo. Percibió que se encontraba a la expectativa. J*der, si no fuera por quién era él, juraría que estaba tonteando con ella. Todas las señales estaban ahí. Pero no era posible.

Mirarle fue su perdición. Otra vez aquella oleada de instinto y esta vez fue incapaz de resistirla. Alzó la mano, insegura. Vio que él esperaba, y que no se apartaba. Siguió subiendo, y alcanzó por fin su cabello. Trató de ser suave al hundir su mano en él.

De repente, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y retiró la mano asustada.

“Lo siento, perdóname”

“¿Era eso lo que querías hacer? Fue agradable”

“Sigues jugando conmigo”, exclamó ella, algo exasperada.

“Es agradable… más de lo que habría esperado. No juego contigo… me pasa… algo…”

Se acercó un poco más a ella. Volvía a tener esa mirada.

“¿Haces cosas como esta muy a menudo? Debe resultar divertido ver cómo una fan se deshace en presencia de uno, ¿verdad?”

Se le acercó un poco más.

“No, no suelo. Puedes creerlo o no, pero no suelo, ahora mismo, y no sé por qué, simplemente me dejo llevar. Creo que es algo a nivel instintivo”.

Mier*a, él acababa de definir exactamente lo que ella sentía por él. La atracción que ejercía ese hombre sobre ella era a nivel instintivo.

“Tienes razón. No te creo”

“Me da igual, pero repite lo que acabas de hacer”

“Vale, no me lo pedirás dos veces”, dijo, con decisión. Pero a la hora de ponerlo en práctica, dudó. Lo miró de nuevo. Otra vez estaba expectante. Esperándola.

Levantó la mano, pero esta vez fue directa a su mandíbula, arrugó el ceño presa de una emoción incontrolable cuando comenzó a recorrerla con los dedos como había querido momentos antes.

De repente, él agarró sus dedos y apartó su mano sin soltarla. Su mirada era dura.

Ella pensó que acababa de fastidiarlo todo yendo más allá de lo que él estaba dispuesto a tolerar, y se imaginó que a continuación le pediría que se marchara.

“Creo que no es buena idea que hagas eso”, dijo él. Pero todavía tenía sujeta su mano.

“Lo siento”.

“No, no es que no me gustara… al contrario. Es como… esa chispa de antes. Hay una especie de vibración aquí, algo intenso. Quería verte otra vez para comprobarlo, pero ahora es incluso peor”.

Se quedó con la boca abierta. ¿Intenso? Ella estaba a punto de morir de un intenso ataque al corazón, y él no la estaba ayudando a calmarse.

“Si quieres me voy”, propuso.

“De hecho, creo que sería lo mejor… pero no quiero”.

“Vale, ¿y entonces qué hacemos?”

“Explorar”

Todavía no había encajado su respuesta cuando sintió que tenía su mano rozándole la mejilla. El contacto fue brutal. Un latigazo encogió su estómago y un gran escalofrío se extendió por todo su cuerpo. No pudo evitar cerrar los ojos e inclinar la cabeza a un lado para darle mejor acceso.

Sintió su caricia hasta los huesos. Iba a morir. Si él continuaba ese contacto, se iba a derretir cual colegiala en su primer beso, que era lo que parecía exactamente.

“Esto… creo que es demasiado para mí” suplicó, incapaz de mover un dedo para detenerlo.

Abrió los ojos y se vio reflejada en los suyos, que tenían un brillo intenso.

“Tocarte es… intenso. Como en el pasillo. Es como una chispa. Qué extraño… “ pero no se detuvo. Abarcó su cuello mientras rozaba con el pulgar su mejilla, y la miró a los ojos.

“Acaba de una vez, no puedo resistirlo más” suplicó de nuevo.

Vio cómo humedecía sus labios y se los mordia después. Entreabrió los suyos en respuesta. Dios mío, ¿iba a besarla?

La mano en su cuello se hizo más fuerte, más exigente al arrastrarla hacia él. Pero se detuvo cuando sus labios apenas estaban separados unos milímetros.

Agarró su cara con las dos manos, y suspiró, o jadeó, o gimió, ella ya no entendería la diferencia.

“Yo… voy a…”

Lo vio cerrar los ojos, y entonces sintio aquellos labios sobre los suyos, suavemente. Otra vez aquella oleada, pero esta vez más fuerte e intensa que nunca. Subió una mano hasta su cuello y lo agarró suavemente. Él gimió en respuesta y su beso se intensificó. Ella entreabrió los labios un poco más y lo dejó entrar, y entonces casi se desmaya al sentir que la había asido por la cintura y que ahora estaba apretándola contra él.

“Voy a dejarle que haga conmigo lo que quiera, dios mío”, pensó.

Al momento siguiente estaba tumbada de espaldas en el sofá con él encima. Sintió todo su peso sobre ella y supo que querría estar así siempre. Sus manos recorrían su mejilla y su cuello mientras la besaba y ella cumplió uno de sus sueños que creyó más imposibles al agarrarse a sus brazos, a sus hombros y luego al recorrer su espalda.

“J*der”, susurró “para por favor, yo no puedo, hazlo tú”

“Yo tampoco puedo”, gimió él.

“Mier*a, no soy una cualquiera”

Él se detuvo, se separó unos centímetros y la miró.

“No lo eres, nadie ha dicho que lo seas. Yo tampoco hago esto todos los días”

“¿Hasta dónde vas a llegar?”

“¿Hasta donde me dejes?”

Apartó el rostro a un lado y cerró los ojos.

“¿Hasta dónde no te dejaría?”, suspiró.

Notó sus labios sobre el cuello y supo que irían efectivamente hasta donde él quisiera. Sólo por el hecho de que ella quería ir exactamente al mismo sitio.

***

No sabía lo que estaba haciendo allí, y no sabía por qué estaba haciendo aquello… se lo había dicho a ella, todo se reducía al puro y simple instinto.

Desde el primer momento, antes de que las chispas saltaran al rozar su mano cuando la ayudó a levantarla, desde que entró en aquel maldito pasillo y vio un bulto avalanzarse sobre él, había tenido un sentimiento de anticipación con esa chica.

Lo de regalarle un lugar privilegiado para verle en concierto, había sido pura vanidad, orgullo herido. No había podido soportar que ella no le hubiera reconocido, y quiso restregarle por la cara quién era. Fue un pequeño llamado de atención. Cuidado con quién tropiezas. Cuidado a quién ignoras como si fuera alguien normal y corriente… aquí estoy yo, mírame de cerca, escúchame hacer lo que mejor sé, y luego arrepiéntete por no haberme dado la importancia que merezco.

Sí. Era un ser vanidoso. O por lo menos lo había empezado a ser en ese momento. Qué cosas… dicen que uno nunca acaba de conocer a la gente, pero por lo visto, parece que eso también funciona con uno mismo.

Los demás compañeros, justo antes del encore, le habían preguntado por esas chicas. Les había contado rápidamente lo que había ocurrido con una de ellas, así, como si eso de concecerles la gran merced de distinguirlas, hubiera sido una travesura que se le ocurrió en los camerinos. Ellos se habían reído, y le habían llamado pícaro. Travesura… si ellos supieran que antes de salir a escena los había calibrado a cada uno de ellos con cierto rencor, pensando en cuál podría ser el preferido de aquella chica… si es ella que conocía siquiera al grupo.

Estaba decidido a ignorarla. Sabía que probablemente ella lo había reconocido al verle salir a escena con la misma ropa, pero todavía no tenía la seguridad, y le molestaba que finalmente ella no hubiera reparado ni siquiera en eso. Vanidad y orgullo. Bienvenido a tu parte desconocida, se dijo.

Pero ella cantó con él durante la canción final. La escuchó y sin saber todavía que era ella tuvo otra vez esa sensación de anticipación. Y cuando la canción estaba a punto de terminar, cuando ella se deshizo de aquella manera, gritando al escuchar el final, entonces la miró, y supo quién era su preferido. Era él.

Y se sintió pletórico. Tanto, como para tener ganas de comprobarlo y pedirle a uno de sus mánagers que las llevara a la cena del staff. Y sí, allí estaba. Ella le regaló otro cruce de miradas, y aunque no podía ser pródigo con la chica delante de todo el mundo por razones obvias, seguía sin ser suficiente para él.

Así fue como acabaron en su camerino. Así fue como lo que encontró al profundizar un poco le gustó más de lo que esperaba. Y así fue como se encontró tonteando descaradamente con ella. Pero desde luego no esperaba llegar hasta donde estaban en ese momento, y ahora que lo pensaba, si alguien entraba, por cualquier motivo, y lo sorprendía encima de una fan, besándola como si no hubiera mañana, podría meterse en un buen lío.

Pero no quería parar. El instinto primitivo que les había llevado a estar en esa situación estaba siendo más fuerte.

Y hablando de fuerza, o era lo suficientemente fuerte para detener lo que estaba ocurriendo, como ella misma le había pedido, o tendría que soltarla en algún momento, muy a su pesar, para echar el seguro de la puerta.

¿Tenía seguro la puerta? Ni se acordaba.

Estaba totalmente descontrolado.

Pero no podía dejarse llevar. Estaban en un sofá estrecho y pequeño, dentro de un camerino también estrecho y pequeño. No era que no le gustara lo que estaba pasando, sino que no le gustaba dónde estaba ocurriendo.

Se separó reuniendo toda su fuerza de voluntad y la miró jadeando.

“No podemos… aquí no”, escuchó su propia voz como si viniera de alguna otra parte, ronca y urgente… ¿decepcionada?

“Lo sé” ella se había sonrojado. Puso sus las palmas de la mano en la parte alta de sus pectorales y empujó para separarlo. Él luchó un instante contra ese empuje… pero finalmente se rindió.

La chica se arregló la ropa arrugada, y luego el pelo. Él hizo lo propio y la miró con el primer atisbo de timidez de la noche.

“Debería irme” titubeó ella.

Sí, debería hacerlo, pero no así. Y no definitivamente, eso lo tenía claro.

Se acordó del móvil que había guardado dentro del cajón. Lo sacó, y vio cómo ella tendía la mano para recuperarlo, pero no se lo dio. Marcó su propio número de teléfono y lo dejó sonar hasta que se cercioró de que tuviera su llamada perdida grabada cuando recuperara el suyo, que estaba en la mochila que su mánager ya había llevado a la van.

Cuando terminó, se lo devolvió. Ella lo tomó y lo guardó rápidamente, sin mirarlo a los ojos.

“¿Te ocurre algo?”

La chica estaba rara. Bueno, si a él le hubieran subido el pan de aquella manera y le hubieran detenido el horneo de golpe, también se sentiría frustrado. De hecho, en ese momento estaba MUY frustrado, así que la entendía. ¿No sabía que él sentía lo mismo?

“Esto ha sido… extraño. Necesito asimilarlo… creo”, murmuró ella.

Se rió.

“¿Extraño? Ha sido una de las cosas más intensas que he vivido en mucho tiempo”, respondió.

Ella levantó la mirada con sorpresa. ¿Acaso lo había dudado? ¿No sabía que se moría por terminar lo que habían empezado?

“Mira, estamos en un camerino, cualquiera puede interrumpir. Mi gente debe estar esperándome… siento haber sido tan efusivo. Lamento no haberme podido controlar. Pero me gustaría que en la siguiente ocasión, podamos estar en un entorno… digamos, más propicio. No sé, no creo que la situación pueda ser zanjada en un sofá desvencijado dentro de un cuartucho… no me parece suficiente”.

Era lo que realmente pensaba, pero vio con algo de incredulidad que ella se asombraba. Volvió a sonreirle.

“Tengo tu teléfono en la memoria del mío. Te llamaré”, le dijo.

La chica asintió y se dio media vuelta. Abrió la puerta para marcharse…

La estaba viendo dudar, había visto incredulidad en su mirada al decirle que la llamaría, y no quería que ella dudara por un instante de eso. ¿Qué podía hacer?

Respondiendo a un impulso (otro más), avanzó hasta ella en dos zancadas, volvió a cerrar la puerta apoyando su palma sobre ella. Después le dio al vuelta y la besó de nuevo, larga y apasionadamente.

“Es mi despedida… por el momento”, murmuró en su oído.

Después, le abrió gentilmente la puerta, y se imaginó que tenía dos pesos de cincuenta kilos en cada pie para no correr detrás de ella mientras la veía abandonar el camerino y marcharse por el pasillo.

Volvió al interior y se sentó en el sofá respirando hondo y exhalando un profundo suspiro. Sabía que había cometido un error. Pero no sabía exáctamente cuál había sido. Si dejarse llevar por la vanidad al principio, si dejarse llevar por la curiosidad después, por el instinto más tarde… Y la última posiblidad, que el error fuera haber dejado que ella se fuera.

Pero no importaba, porque si era lo último, no tardaría demasiado en enmendarlo.

FIN.


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Re: one shot: EL CONCIERTO

Mensaje por ParkSunHee el Sáb Mar 30, 2013 10:32 pm

Lo ame, lo ame ¡¡Lo ame!! :24:
Realmente me ah encantado, lastima que solo era un One Shot :27:
En fin ¡¡Gracias por compartirlo!!

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Re: one shot: EL CONCIERTO

Mensaje por Lee Andy el Lun Abr 01, 2013 2:06 pm

Lorena unnie te quedó muy bien el shot :28:
es la primera vez que leo un one-shot (fanfic) soy tu fan Lore unnie :24:
si sacas algún fic mas avísame porfiii ^^
bye

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Re: one shot: EL CONCIERTO

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